La obra de Julio González (Barcelona, 1876 – Arcueil, 1942) ha sido una contribución fundamental para el desarrollo de la escultura contemporánea. Inmerso en la encrucijada de los nuevos lenguajes que se desarrollaron en las primeras décadas del siglo pasado, las propuestas constructivas de este artista se cuentan entre las expresiones más auténticas de la sensibilidad moderna, cargadas de razón, sentimiento y esperanza.
La adquisición y donación en julio de 1985 de un conjunto de 360 obras (esculturas, dibujos, orfebrería, pinturas y relieves) y de una parte del archivo de este artista fue el punto de arranque del proyecto del IVAM, y ha marcado profundamente las líneas expositivas y de la colección de este centro dirigidas a las manifestaciones artísticas que mejor plasman las inquietudes y preocupaciones de cada época. Los fondos de Julio González que custodia el IVAM lo convierten en un referente mundial para descubrir la evolución de las diferentes sensibilidades que confluyen en el campo de la escultura. Esta magnífica representación procedente del legado del artista se reforzó con una selección significativa de obras de su hermano Joan, de los años de París, y de su hija Roberta, que veló por la difusión y la proyección del trabajo de su padre.
Nacido en el seno de una familia de artesanos que regentaba una metalistería en la Barcelona modernista que impulsó grandes proyectos arquitectónicos, aprendió las técnicas del trabajo del metal durante su juventud. Sin embargo, las aspiraciones creativas que compartía con su hermano Joan lo animaron a ampliar su formación académica antes del traslado a París en 1900.
Con la llegada a la capital francesa se consolida su vocación creativa a través de los contactos con los círculos artísticos y con figuras de la talla de Pablo Gargallo y Pablo Picasso. Su colaboración con el artista malagueño a finales de la década de los años veinte, centrada en una serie de proyectos de esculturas en metal, fue crucial para González. Si bien este le enseñó las posibilidades plásticas que el hierro había alcanzado por la actividad artesanal de varias generaciones, las consecuencias fueron de mayor calado en el caso del escultor catalán, que vio la alternativa de una renovación formal en su práctica creativa. Se decide claramente por la escultura, iniciando una trayectoria singular que ofrecerá unos resultados sorprendentes. En la década siguiente lo veremos participar en las propuestas expositivas más avanzadas, como la muestra internacional del movimiento Cercle et Carré (Círculo y Cuadrado), organizada por Joaquín Torres-García y Michel Seuphor y que incluía obras realizadas por artistas como Piet Mondrian, Jean Arp, Antoine Pevsner, Vasili Kandinsky o Le Corbusier, que tuvieron una enorme repercusión.
Julio González utiliza los procedimientos de la soldadura autógena para crear ensamblajes metálicos a base de varillas, chapas y objetos varios que generan piezas basadas en la ausencia de masa sólida y en el principio de la escultura construida. Adaptó su dominio de la soldadura y la forja a las nuevas exigencias de un arte abierto a los grandes temas y retos que marcará el ascenso del espíritu moderno, enfrentado a grandes tragedias que truncaron las ansias de progreso. Con un dominio exquisito, va penetrando en la materia para conseguir unas obras de gran capacidad de evocación a partir de la combinación de planos, líneas y formas que se complementan, entrecruzan o rivalizan. En el periodo de los años treinta realizará esculturas importantísimas en su trayectoria artística. Obras que despliegan una variedad de temas y técnicas que responden al empeño del artista de dejarnos un legado artístico que, partiendo de una época y un lugar concretos, se proyectan hacia el futuro y hacia el pasado. Sus cabezas, sus mujeres, sus máscaras, sus brazos…, mantienen ese fino equilibrio entre la abstracción y la figuración, que transmite esa emoción contenida propia de la naturaleza humana.
En el recorrido por la obra escultórica de Julio González podemos hablar a grandes rasgos de una primera fase caracterizada por un análisis formal a través de planos, con planchas recortadas y soldadas. Más tarde, surge otra forma lineal que le permite profundizar en la expresión del carácter tridimensional y dinámico de las figuras. El tercer camino de investigación formal se distingue por la utilización positiva del vacío y se concreta en los efectos de luz y sombra que se obtienen mediante el uso de planchas curvadas. Por último, nos encontramos con una manera naturalista que se acentúa en los últimos años, a partir de su contribución al Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París, donde exhibe La Montserrat. La obra elegida por González fue originalmente Mujer ante el espejo, pero prevaleció la opción de José Gaos, comisario del Pabellón, y finalmente se presentó la escultura que encarna la resistencia frente a la barbarie. La primera propuesta fue destinada a otra exposición cuya intención era más específicamente artística, Orígenes y desarrollo del arte internacional independiente, que ese mismo año se celebró en el Jeu de Paume parisino y que constituyó el primer panorama sistemático de las tendencias artísticas del siglo XX.
Otro factor de variedad presente en el trabajo de Julio González, y que se entremezcla con el factor sintáctico, radica en la perseverancia en temas como la maternidad, las máscaras, las figuras femeninas y danzantes, el sueño. Esta permanencia de los temas responde a una tradición en la escultura clásica que recibe en manos del artista nuevas soluciones formales.
Julio González continúa siendo el espejo en el que mirarnos y confrontarnos cuando queremos buscar lo más esencial y lo más complejo de la experiencia estética en su vertiente más innovadora y humana. Sus investigaciones de las posibilidades expresivas y estéticas del hierro lo han encumbrado como el inventor de la escultura realizada con este metal, que ha dado ilustres ejemplos en las últimas décadas dentro y fuera de nuestras fronteras. Las soluciones estructurales y la carga emocional que presentan las obras de Julio González prepararon el camino para las imponentes propuestas espaciales de Eduardo Chillida o Richard Serra.
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