James Lee Byars: The Perfect Moment
La obra de James Lee Byars constituye un punto de encuentro entre el mundo de las formas y el mundo de los hombres. Desde sus primeras exposiciones en los años sesenta, las esculturas de Byars combinan tradiciones filosóficas con elementos mágicos y teatrales. Un discurso en torno a lo perfecto o la acción perfecta que el artista articula a través de un juego basado en la alucinación, la conjuración de fuerzas desconocidas y misterios sin resolver. La muestra es una intervención en la Sala Ambaixador Vich y la Capella de la Vida del Centre del Carme a través de cinco esculturas: El ángel rojo, La mesa de lo perfecto, La torre dorada, La tumba de James Lee Byars e IS.
Se cita a James Lee Byars (Detroit, Michigan, 1932 – El Cairo, 1997) como el tercer extremo de un triángulo Beuys-Warhol. Es decir, se le sitúa en algún punto intermedio entre showman y chamán. Aparece como presencia tangencial en todos los movimientos claves que irrumpieron en las décadas de 1960 y 1970, y forma parte de una estructura más amplia de búsqueda de alternativas en la sociedad norteamericana: arte minimal, arte conceptual, happenings, Fluxus, performances y arte postal. Bordea todos estos movimientos pero nunca es incluido en sus historias. El motivo quizá radique en el carácter azaroso y la esencia poética que anidan en el proyecto de Byars, mezcla muy personal de práctica Zen y pensamiento presocrático. Ciertamente podría estar englobado dentro de los parámetros de la Nueva Poesía Americana, orientada hacia el este en lugar del oeste, que exploró el “espacio” como su metáfora central.
Su insistencia en lo efímero es una manera de decir que lo perfecto no es más que una “visión instantánea” de algo que no puede durar. Sus performances y acciones forman así parte integral de su trabajo. El clamoroso “qué” interrogativo pronunciado a una velocidad mayor a la del sonido en una galería neoyorkina; su breve aparición, vestido con el traje rosa, en los jardines de una villa renacentista italiana en los límites mismos de los que la vista distingue; el empleo del tipo de letra más pequeña legible; su realización en papel soluble de un hombre enorme… Una visión momentánea es lo máximo que podemos esperar. Byars ritualiza y dramatiza el momento, aislándolo, rodeándolo del silencio del que procede, y resaltando el momento pasajero.



