Fausto Melotti
Esta exposición es la retrospectiva más importante de las celebradas en Europa sobre la obra de Fausto Melotti, considerado como uno de los más firmes intérpretes de la vanguardia y un testimonio de la tradición cultural europea. Incluye todas las épocas del pintor, desde sus primeras esculturas abstractas y sus “teatrillos” a las cerámicas esmaltadas y las últimas estructuraciones.
Melotti (Rovereto, 1901 – Milán, 1986) estudió Física y Matemáticas en Pisa, obteniendo el título de ingeniero en 1914. Interesado por la música y la escultura, se matriculó en la Academia de Brera, donde conoció a Lucio Fontana, uno de los artistas con el que mantendría mayor relación. A partir de 1932 fue profesor de plástica de la Escuela de Artesanía del Mueble de Cantú, y dos años después expuso los trabajos de sus alumnos en la Galeria Il Milione de Milán. Dicho espacio expositivo, uno de los centros más relevantes del arte moderno italiano de entreguerras, aglutinó las propuestas de los artistas abstractos del momento cuyas formulaciones conectaron primero con el cubismo tardío y la pintura metafísica y, después, con el neoplasticismo, el constructivismo y la Bauhaus. Su producción de esta época se estructuró a partir de un lenguaje no figurativo que acentuó la luminosidad y el rigor geométrico-constructivista compensado con equilibrios líricos, coherentes con su poética de ascendencia musical, y evocaciones metafísicas. Su admiración por la experimentación europea y por la obra de Picasso, Calder y Giacometti le animaron a alinearse con los artistas del grupo Abstraction-Création.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Melotti se dedicó fundamentalmente a la cerámica, a la pintura y a la poesía, desarrollando un trabajo en solitario en el que subrayó los componentes sensuales y táctiles. El ejemplo más significativo de esa producción son los “teatrillos” que inició en torno a 1955, una especie de pequeños escenarios realizados en cerámica coloreada en los que figuras y objetos protagonizan historias íntimas e irónicas. A partir de 1959 volvió a la escultura en metal, sobre todo en latón y en hierro, retomando su obra anterior a la guerra centrada en la investigación del espacio y los materiales; un retorno a la técnica rigurosa y a las claves sentimentales y existenciales que le unieron, en su dimensión imaginativa y lírica, a Klee, Miró y Arp.



