Homenaje a Ana Peters
La pintura de Ana Peters.
Un testimonio personal
Cuando la conocí en Valencia, en 1962, hacía tres años que Ana se había licenciado en la Escuela de San Fernando. Salía alguna vez a hacer paisaje con dos pintoras amigas, Antonia y Julia Mir, pero trabajaba sobre todo en el estudio que había montado en su casa de Paterna. Recuerdo que durante meses estuvo pintando un lienzo bastante grande, un cuadro que comenzó como un bodegón azul y evolucionó lentamente hacia una abstracción cada vez más cristalina. Quedó sin terminar. Experimentaba también con unos collages abstractos que conjugaban la tactilidad de Tàpies con la claridad compositiva de Rueda. Y con unos óleos de pequeño formato, sobre papel cartulina o cartón, que se parecían mucho a otros que iba a hacer mucho más tarde, en estos últimos años. Creo que no queda ninguno.
Nos casamos en Bremen a comienzos de 1964 y al volver a Valencia nos detuvimos en Paris unos días. Visitamos repetidamente la galería de Illeana Sonnabend para ver de cerca cuadros de Rauschenberg, Warhol (la serie de los accidentes de coche), Lichtenstein y Pistoletto. Cuando en mayo de ese mismo año presentó una exposición en la sala Mateu y un periodista la entrevistó, Ana se definió próxima al pop-art y dijo que los tres americanos (omitió deliberadamente a Pistoletto) eran los artistas que más le interesaban en ese momento. Para la exposición había hecho obras de muy pequeño formato en las que jugaba con transferencias de imágenes tomadas de la prensa ilustrada, pero tambien con collage, frotage y yuxtaposiciones de objetos encontrados. Los títulos de las obras eran versos o fragmentos de verso que habíamos buscado juntos en Schiller, Espronceda o Bécquer. La exposición gustó poco en los medios artísticos valencianos. Hoy la recuerdo con nostalgia.
En octubre de ese mismo año, Ana hizo otra, también en Mateu, con obras bastante diferentes: multitudes dibujadas esquemáticamente a lápiz sobre lienzos pintados al óleo en tonos claros, desvaídos: playas, céspedes públicos, grandes espacios urbanos. Tampoco gustó. De todo eso no queda nada, o casi nada. Se ha ido perdiendo al azar de los años y de las mudanzas. Y ese mismo año, como tantas veces se ha repetido, se creó Estampa Popular. El nacimiento de Bodo, nuestro primer hijo, impidió que Ana, que había participado en muchas reuniones preparatorias, pudiera preparar nada para la primera exposición del grupo, que tuvo lugar en octubre. Participó en la siguiente, a comienzos de diciembre,– la hoja volandera que se hizo para anunciar la exposición era suya-. De esa exposición de Cullera he escrito en otras ocasiones. Fue abortada el mismo día de la inauguración por la intervención del alcalde y de la policía municipal. Tuvimos que desaparecer rápidamente en el seiscientos en el que habíamos transportado las obras. Naturalmente nunca volvimos a buscarlas.
Ana siguió colaborando con Estampa. La pregunta que yo me hacía internamente -nunca lo hablamos- era si se integraria en Equipo Crónica. No ocurrió. Es casi seguro que no hubiera funcionado. En la primavera de 1965 emprendió un proyecto ambicioso. Cuadros de fomato grande. Iconografía exclusivamente femenina, tomada de la publicidad. Pintura acrílica, luminosa, sobre fondos de papel blanco. Una sintaxis de yuxtaposiciones simples, muy precisas. Tardé unas semanas en encontrar el título que ella me pedía para la exposición: Imágenes de la mujer en la Sociedad de Consumo. La hizo la galería Edurne en Madrid en abril de 1966. Hoy creo que ni el título ni el texto que escribí para el catálogo estaban a la altura. En cualquier caso fue mal recibida. Peor que las de Valencia. Para ella fue un golpe duro. Empezó a dedicar más tiempo al diseño de interiores y a otras cosas, pero lo que más la absorbía eran los hijos (tuvimos otros tres: Nina, Boye y Karsten) y un jardín de infancia que montamos en nuestra casa de Paterna. Fueron años maravillosamente intensos. Con una gran desgracia, es cierto. Y también con la primera niñez de los hijos, con muchos amigos, muchas experiencias y muchos entusiasmos compartidos. Pero de lo que toca hablar aquí es de pintura y la verdad es que Ana la iba dejando.
Comenzó a volver a pintar casi diez años más tarde, en Portsmouth (cuando me expulsaron de la Universidad Politécnica de Valencia en 1972, conseguí trabajo en la Escuela de Arquitectura de esa ciudad). Le costó mucho esfuerzo. Descartó todo lo que había aprendido en los años pop y volvió al óleo, como si saliera de la Escuela de nuevo. En Londres visitábamos frecuentemente la National Gallery. Vimos muchas exposiciones, mucha pintura. Un artista que le llamó la atención fue Hodgkins. Pero pintar al óleo le resultaba difícil, y más aún definir lo que de verdad quería pintar. A comienzos de los ochenta encontró algo. Un camino estrecho que pasaba de nuevo por el collage. Pequeñas maravillas inspiradas por la lluvia, los bosques, el mar británico (nuestra casa estaba frente al mar), hechas con una precisión, una fragilidad y una limpieza admirables. No se han expuesto prácticamente nunca. Ese camino se interrumpió de nuevo con una mudanza.
A mediados de los ochenta volví a encontrar trabajo en España. Tardamos tiempo en volver a instalarnos en una casa donde pudiera haber un estudio que le permitiera trabajar. Reanudó sus peleas con el óleo. Los hijos se hacían mayores. Yo estaba metido en empeños que me alejaban de casa. Para ella ha sido un tiempo de soledad y para su pintura, finalmente, de plenitud. Una plenitud conquistada con mucha dificultad y mucho esfuerzo. Pero Ana siempre ha sido fuerte. Veinte años de pintura (óleo, cartones y papeles, pero sobre todo lienzos) luminosa, altísima. Escasa y con una presencia pública más bien discreta, por no decir marginal, en ese mundo del arte contemporáneo que ya no es el nuestro. Pero bellísima. Como ha podido verse en algunas exposiciones, especialmente en la de 2007 del IVAM, donde algunos aficionados (yo mismo) hemos podido admirarla. ¿Qué más se podría decir?
-Tomàs Llorens


